La otra orilla

 

Miro hacia la otra orilla y me siento más grande que todo lo que está allí. Quiero cruzar.
La otra orilla es siempre un paisaje fabuloso. Su lejanía no me permite ver sus sombras. Solo colores que, desde aquí, interpreto como me plazca. La otra orilla exhibe el gozo de lo inexplorado y desde allá me llama. Desde aquí no puedo ver sus asperezas. Es un holograma de lo que creo que puede ser, de lo que quiero que sea. Me sosiego imaginando que salto al agua. Voy hacia allá. Conozco sus asperezas. Me encuentro con sus sombras. Confronto la realidad con lo que me imaginaba. Me dejo impactar por su nueva tridimensionalidad. Apenas llegas dejas de ser la otra orilla. La otra orilla es todo lo que no es. Es la grama del vecino, es el tercer hijo, la otra pareja, el otro país, lo que el otro te muestra, la elección que no tomé. Es irse. Es volver. Cruzándola varias veces puedo comprender mejor su espejismo. Abro los ojos a los colores que tengo justo aquí. Sonrío a la sombra que proyecto desde aquí. Abro mis sentidos a las asperezas y también las caricias que experimento en esta, la orilla que me sostiene

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